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julio 25, 2024

La cumbre entre los presidentes de EE UU, Joe Biden, y de China, Xi Jinping, se ha saldado con sus objetivos —modestos— cumplidos. Según ha apuntado el estadounidense en una rueda de prensa al término de cuatro horas de reuniones en una mansión de las afueras de San Francisco, ambos han llegado a pactos para restablecer las comunicaciones militares y para la lucha contra el tráfico de fentanilo. Y han acordado mantener abiertas las líneas de contacto para evitar que la rivalidad de los dos colosos mundiales “derive en confrontación”. Pero también han dejado claras sus amplias diferencias en asuntos como Taiwán en una conversación “franca”.

“Hemos conseguido progresos importantes”, aseguraba el inquilino de la Casa Blanca. “Hemos mantenido conversaciones constructivas y productivas”, que continuarán en el futuro. Los dos líderes han acordado que, cuando uno lo desee, podrá contactar con el otro para atajar posibles crisis en el momento y evitar el riesgo de una escalada que ninguno de los dos desee.

No se aspiraba a más. Las diferencias entre las dos potencias mundiales son demasiado grandes, y la desconfianza mutua, demasiado aguda como para permitir progresos en una sola tanda de reuniones. Se trataba, según habían adelantado altos cargos de la Casa Blanca, de establecer sintonía entre dos líderes que se conocen desde hace mucho tiempo -ya se trataron cuando ambos eran vicepresidentes, hace más de una década-, y reforzar la confianza mutua.

Hubo momentos de cercanía. Biden recordó a su interlocutor que comparte fecha de cumpleaños con Peng Liyuan, la esposa del líder chino, y le pidió que le enviara sus felicitaciones. Según relató un alto cargo estadounidense al término del encuentro, Xi reconoció “con cierta vergüenza” que había estado tan ocupado que se le había olvidado el aniversario, y le agradeció a su homólogo que se lo hubiera recordado.

Pero también quedó claro que se mantienen sus diferencias. Al término de la rueda de prensa, y mientras se marchaba, Biden respondió improvisadamente a la pregunta de si sigue considerando a Xi un “dictador”, como le había tachado a comienzos de este año. “Sí, lo es”, respondió.

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Taiwán, el gran escollo

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Las discrepancias también habían quedado de manifiesto ya a lo largo de sus sesiones, a solas —incluyeron un paseo por los jardines de la residencia Filoli, la hacienda histórica donde se reunieron— y en compañía de sus equipos de asesores, una decena por cabeza. Xi Jinping subrayó a su homólogo estadounidense la importancia que confiere a Taiwán, la isla de régimen democrático que China considera parte de su territorio. Según relató el alto cargo estadounidense, el presidente chino aseguró que el asunto es “potencialmente el más peligroso en las relaciones bilaterales”. El líder también insistió en que prefiere la unificación pacífica y su país no tiene planes, hoy por hoy, de tomar la isla por la fuerza. Pero “pasó inmediatamente a las condiciones en las cuales se podría utilizar la fuerza”.

Preguntado al respecto en la rueda de prensa, Biden se limitó a responder que había expuesto a Xi que Estados Unidos mantiene su política de Una Sola China, que para Washington significa que reconoce a Pekín como el Gobierno legítimo de China y considera el estatus de Taiwán como algo no decidido. También, según el alto funcionario, le había reclamado a su homólogo chino que respetara el resultado de las elecciones taiwanesas en enero. El Gobierno de Xi prefiere el triunfo del conservador Kuomintang, que ve con buenos ojos las relaciones con el otro lado del estrecho, y contempla con horror la perspectiva de un triunfo por tercer ciclo consecutivo del Partido Democrático Progresista (PDP), partidario de la distancia hacia Pekín.

La versión china del encuentro

La versión china del encuentro indica, por contra, que Xi subrayó a Biden que la unificación entre China y Taiwán es “inevitable” y reclamó que Estados Unidos deje de proporcionar armamento a la isla.

Los dos líderes encontraron más armonía en cuestiones como la lucha contra el fentanilo, el opiáceo cuyo consumo cuesta la vida a decenas de miles de estadounidenses al año. La droga entra en EE UU mayoritariamente por su frontera sur, pero del gigante asiático parten buena parte de los componentes que los cárteles utilizan para fabricarla. “Trabajamos intensamente con cada elemento del sistema chino en un plan por el que China utilizará una serie de procedimientos para ir contra compañías específicas que producen precursores”, declaraba el alto funcionario estadounidense.

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El restablecimiento de las comunicaciones militares es otro de los grandes logros que Estados Unidos destaca de la cumbre. Esos contactos permanecían interrumpidos desde la visita a Taiwán en agosto del año pasado de la entonces presidenta de la Cámara de Representantes estadounidense, Nancy Pelosi. Washington tenía gran interés en restablecerlos para evitar que alguno de los encontronazos entre sus respectivas patrullas en las cercanías de Taiwán o el mar del Sur de China pudieran degenerar en una crisis grave.

Mensaje a Irán

El presidente estadounidense también pidió a su homólogo chino que transmita un mensaje a Irán, el gran antagonista de Estados Unidos en Oriente Próximo y con el que Pekín mantiene buenas relaciones. Según había indicado la Casa Blanca, planeaba explicar a Xi que es “esencial” que Teherán evite acciones que puedan ampliar el actual conflicto entre Israel y Hamás. Cualquier paso del régimen islámico en ese sentido recibiría una “respuesta contundente” por parte de Estados Unidos.

Los dos dignatarios habían hecho alarde de espíritu conciliador al comenzar su esperada cumbre. En un marcado giro en una relación más que gélida a lo largo de los últimos nueve meses, el líder del gigante asiático aseguró que ambos países deben ser capaces de sobreponerse a sus diferencias. El estadounidense subrayó el interés de su país en evitar que la rivalidad de los dos colosos mundiales “derive en confrontación”.

Ambos se habían saludado a su llegada a la residencia Filoli con un apretón de manos, sin hacer declaraciones a la prensa, rodeados de una intensa seguridad que había cortado los accesos desde kilómetros antes, llenaba los aparcamientos de vehículos de policía y poblaba los palaciegos jardines con agentes del servicio secreto de EE UU y del cuerpo de guardaespaldas presidencial chino. En un indicio, quizá, del temor a la covid extranjera que Pekín implantó en sus ciudadanos durante tres años de pandemia, buena parte de los agentes chinos se cubrían la boca con mascarillas.

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El encuentro era clave: China llega con una economía alicaída; Estados Unidos, bajo la presión de los conflictos en Ucrania y Oriente Próximo. La reunión tiene como objeto evitar que la rivalidad entre Estados Unidos y China, las dos grandes potencias económicas mundiales, “se convierta en enfrentamiento”, insistía un alto funcionario que habló bajo la condición del anonimato con los periodistas que acompañan al presidente estadounidense en su visita a San Francisco para la cumbre con Xi y el encuentro anual del Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico (APEC).

Es la primera ocasión en que los dos líderes mantenían contacto directo desde que se vieron cara a cara en noviembre de 2022 en Bali (Indonesia) durante la cumbre del G-20. Entonces acordaron dar pasos para reforzar la debilitada confianza entre los dos países y relanzar la relación bilateral más importante del mundo, a la deriva desde que la Administración del entonces presidente Donald Trump y Pekín impusieron aranceles a decenas de miles de millones de dólares de productos de sus respectivos países en 2018.

El incidente del globo aerostático chino que atravesó el territorio de EE UU en febrero pasado antes de ser derribado canceló durante meses esos buenos propósitos. Conseguir la reunión ha requerido una coreografía diplomática tan delicada como intensa: encuentros de los respectivos consejeros de seguridad nacional en Viena y Malta, viajes de los secretarios de Estado, Tesoro y Comercio a Pekín y visitas recíprocas a Washington y San Francisco de altos funcionarios chinos. Mientras tanto, Biden y Xi seguían sin mantener siquiera contactos telefónicos.

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